El relanzamiento de Massa duró un suspiro. ¿Festejará Macri o Scioli?

El acuerdo con De la Sota y el acto en Vélez parecieron darle aire a su decisión de sostener hasta el final su candidatura presidencial. Massa prometió: “llegaremos a octubre”, lo que antes parecía probable, hoy suena exagerado.

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Tras la partida de Giustozzi y Cariglino del FR, y los rumores de que las fugas se repetirán, ese acto en Vélez podría recordarse casi como una despedida. Encima ya De la Sota avisó que sus plazos son aún más cortos que los del propio Massa: su acuerdo es por 40 días, justo hasta que lleguen las elecciones de Córdoba. Que son las que realmente importan al mediterráneo: con la compañía de Massa espera evitar que los votos opositores de su provincia se vayan todos con Aguad, y así retener la gobernación a través de Schiaretti. Después de eso verá.

Massa tal vez haya logrado evitar, con el acto de Vélez y el alejamiento de Cariglino, que sean otros los que decidan sobre la sustentabilidad de su carrera hacia la Rosada. Pero eso no significa que haya escapado a la necesidad de decidir él mismo abandonarla si su candidatura sigue perdiendo sustento y va camino al desastre. El problema es que, a diferencia del de Scioli o de Macri, el suyo no es un espacio con un piso muy sólido que digamos, por lo que bien pronto podría perforar la psicológica barrera del 15% y entrar en una situación desesperada. Llegado a ese punto, ¿tendría chances aun el plan B de ir por la gobernación? ¿No habría perdido su atractivo para los potenciales aliados?

Mientras tanto otros interrogantes desvelan a sus competidores: ¿quién se beneficiará del declive massista y cómo lo hará?, ¿será posible acordar con el jefe del FR o conviene ir a por sus coroneles?, ¿sumarlos a éstos garantiza arrear los votos que hasta aquí se agruparon en ese sector? Scioli y Massa tienen distintas ideas al respecto pero una misma preocupación: esta puede ser la batalla decisiva para la carrera presidencial, y podría resolverse bastante pronto.

Las encuestas más confiables arrojan un estado de situación que, si la expresión no estuviera gastada, se podría definir como de “empate técnico”: entre 30 y 31 puntos para Scioli y 28 a 29 para Macri; con Massa en una zona bastante relegada, entre 15 y 18 puntos.

Es difícil decir si esta foto se ha estabilizado o no, pero el hecho de que se haya mantenido más o menos sin cambios en el último mes, y en particular que los decepcionados de Massa en las últimas semanas, igual que sucedió con buena parte de los anteriormente inclinados a favor de Cobos y Binner, hayan engrosado el campo de los indecisos antes que nutrir a los dos candidatos con más chances, parecería indicar que estos han tocado sus respectivos techos. O dicho de otro modo, que han obtenido todo lo que podían dar sus respectivas estrategias de crecimiento fácil y se enfrentan por tanto a un desafío mayor de aquí en adelante.

Scioli creció todo lo que podía sobre el voto oficialista, y si bien no perdió muchas adhesiones en el campo moderado o independiente al “kirchnerizarse”, contra lo que pudo esperarse, tampoco es que ha logrado conquistar nuevos territorios. Todavía está por verse si de ese 30% de apoyos con que cuenta una parte no tendrá que compartirla con Randazzo en las PASO, lo que podría colocarlo en esa elección algo por debajo del voto a Macri.

Este recibió un espaldarazo importante con las PASO porteñas pero difícilmente eso alcance para que perfore su propio techo. En su espacio político no comparte tantos votos con otros aspirantes (Carrió y Sanz siguen muy relegados) por lo que tiene posibilidades de ser el más votado en agosto, aunque el FPV logre reunir globalmente más adhesiones.

Estos respectivos techos son de naturaleza a la vez social, territorial y política. En términos sociales Scioli tiene un serio problema con los sectores medios urbanos, tal como mostraron las elecciones porteñas, y también las de Rosario. Esta es una condición que ha acompañado persistentemente al kirchnerismo, con la sola excepción de la elección de 2011. Si Scioli acepta, como todo parece indicar, a Kicillof como compañero de fórmula es más bien remota la posibilidad de que la situación vaya a cambiar.

Inversamente, el problema de Macri está en los sectores bajos de la periferia de las grandes ciudades y del norte del país. Ha logrado avances en el interior de la provincia de Buenos Aires y en el primer cordón del conurbano, pero en el segundo y tercer cordón, que en conjunto reúnen cerca del 20% del voto nacional, sigue tercero lejos. Si sumamos a eso el voto norteño, que tal como demostraron los resultados de Salta también le es esquivo (y difícilmente ello vaya a cambiar por más que a algunos candidatos locales de la UCR les vaya bien en elecciones en general desdobladas) puede visualizarse la dimensión del desafío que tiene por delante. Se corresponde con un porcentaje de rechazo más alto que el de Scioli: encuestados que en ningún caso votarían por el jefe de gobierno porteño y asocian su eventual triunfo con el temor a “perder lo conseguido”, en términos de empleo, planes o ingreso.

El desafío para ambos, más en términos estrictamente políticos, es en realidad el mismo: responder a la pregunta “¿cómo van a gobernar?”, “¿cómo sigue esta historia?”, que se corresponde con una muy difundida incertidumbre sobre el futuro: luego de la etapa signada por el optimismo que se consagró con la elección del 2011 se ingresó en una fase de decepción y pesimismo, que entre 2012 y 2013 se expresó tanto en protestas sociales como el apoyo electoral a la oposición; desde entonces vivimos en una era de incertidumbre, donde el enojo ha dado paso al temor. En este marco todos los candidatos deben enfrentar una tal falta de perspectivas compartidas que sólo simplificada o interesadamente puede interpretarse en los términos de la alternativa entre “cambio” o “continuidad”.

Autor: Marcos Novaro
Fuente: http://bit.ly/1FFOluM